Segundo vuelo
Prólogo
Hay palabras que nacen para un instante y otras que, sin saberlo, esperan muchos años para volver a ser leídas.
Hace diecisiete años abrí este espacio llamado Registros de un Ave Libre. En él dejé poemas, silencios y una parte muy importante de quien era entonces.
Nunca imaginé que volvería.
Hoy no regreso para corregir a la mujer que escribió aquellos versos. Regreso para escucharla.
Por eso cada publicación tendrá dos vuelos.
El primero será el poema tal como nació.
El segundo será ese mismo poema visto por los ojos de los años, con apenas unas pocas alas restauradas y una breve conversación entre quien fui y quien soy.
Bienvenidos nuevamente.
El ave nunca dejó de existir.
Solo estaba esperando el momento de volver a abrir las alas.
—Avelibre, 2026
✦ Segundo vuelo ✦
Padre Tiempo
Publicado originalmente el 13 de noviembre de 2009
Primer vuelo
Te escurres entre los vacíos de mis huesos.
Espesando la sangre pausadamente,
casi inapreciable.
Ingenuidad; rehén desaparecida.
Torturada sin el privilegio de la muerte.
De vez en cuando, con suerte,
entrega su rostro a la única manifestación del sol.
Padre, que te haces presente
besando la frente de todos tus hijos.
No olvidas ni a uno... .
Acaricias la cabellera de la primavera florida
y azotas la brisa que la arrulla... .
Todavía la memoria trae tatuada
la niñez y sus historias.
Sombra advertida por mi nostalgia.
Recuerdos que esperan
ser invitados por la madre tinta
que aplaca el pasado con sus caricias.
Tal vez segundos, (no más de un día).
Así de rápido ha pasado mi vida.
Vívidos están los recuerdos del ayer.
Tiempo, que lo olvidas todo.
A la velocidad de un parpadeo,
asesinas y concibes.
Entierras y exhibes,
cubres y destapas al corazón.
Dependo de tu voluntad y tu razón
para aprender a caminar sobre el sendero
que nos lleva a tu guarida.
Tiempo,
padre que no descuida
la disciplina de sus hijos.
Ante el primer desacierto,
instruyes sin argumentos
hasta el alma más descarriada.
Alas restauradas
Te escurres entre los vacíos de mis huesos,
espesando la sangre pausadamente,
casi inapreciable.
Ingenuidad; rehén desaparecida.
Torturada sin el privilegio de la muerte.
De vez en cuando, con suerte,
entrega su rostro a la única manifestación del sol.
Padre, que te haces presente
besando la frente de todos tus hijos.
No olvidas ni a uno.
Acaricias la cabellera de la primavera florida
y azotas la brisa que la arrulla.
Todavía la memoria trae tatuada
la niñez y sus historias.
Sombra advertida por mi nostalgia.
Recuerdos que esperan
ser invitados por la madre tiempo
que aplaca el pasado con sus caricias.
Tal vez segundos.
No más de un día.
Así de rápido ha pasado mi vida.
Vívidos permanecen
los recuerdos del ayer.
Tiempo, que lo olvidas todo.
A la velocidad de un parpadeo,
asesinas y concibes.
Entierras y exhibes;
cubres y destapas al corazón.
Dependo de tu voluntad y tu razón
para aprender a caminar sobre el sendero
que nos lleva a tu guarida.
Tiempo,
padre que no descuida
la disciplina de sus hijos.
Ante el primer desacierto,
instruyes sin argumentos
hasta el alma más descarriada.
Diecisiete años después…
Cuando escribí este poema, creía que estaba intentando comprender el tiempo. Hoy descubro que, en realidad, estaba intentando comprender la vida.
Con los años entendí que el tiempo no es un enemigo ni un juez. Es un maestro silencioso. A veces acaricia y otras veces sacude, pero siempre nos empuja hacia adelante.
He querido que este poema vuelva a volar casi exactamente como nació. Solo corregí aquellas pequeñas marcas que el paso de los años dejó sobre las palabras, procurando no alterar la voz de quien lo escribió.
«Recuerdos que esperan ser invitados por la madre tinta...»
Diecisiete años después, esos recuerdos aceptaron nuevamente la invitación.
Con las alas un poco más sabias,
—Avelibre, 2026

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